


PENSAMIENTOS DE MARK TWAIN El arte de vivir consiste en conseguir que hasta a los sepultureros les entristezca tu muerte. Honestidad: la mejor de todas las artes perdidas. Di siempre la verdad, es más cómodo; así no tendrás que andar recordando qué dijiste. Haz siempre lo correcto. Complacerás a algunos y dejarás al resto con la boca abierta. Cada vez que te encuentres del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar. Ponte mejor de parte de los indefensos. Ellos necesitan de tu ayuda más que nadie. No permitas que la escuela y los maestros interfieran en tu educación. Aléjate de quien trate de empequeñecer tus sueños. La gente mezquina siempre hace eso. La gente realmente grande, te hace sentir que también tú puedes ser grande. El hombre que propone una idea nueva es un chiflado, hasta que se comprueba que la idea era excelente. A mi edad cuando me presentan a alguien ya no me importa su sexo, su raza, su religión o su ideología... me basta y me sobra con que sea humano. Peor cosa ya no podría ser. De entre todos los animales los humanos son los más detestables, porque son las únicas criaturas vivientes que infligen dolor por diversión, a sabiendas de que están haciendo sufrir. Adoptas a un perro muerto de hambre, lo cuidas y no te morderá. Esa es la diferencia más notable entre un perro y un hombre. El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir. Y así va el mundo. Hay veces en que deseo sinceramente que Noé y su comitiva hubiesen perdido el barco. La Humanidad es un experimento. El Tiempo demostrará si de verdad mereció la pena tanto HORROR...











Niño Geopolítico observa el nacimiento del hombre nuevo (1943) Óleo, 45'5 x 50 cm.

Sunrise by the Ocean (2000) Óleo sobre lienzo, 120 x 100 cm.

Óleo sobre lienzo (1997) 70 x 90 cm.

Graf pintado por su amigo Georg Schrimpf en Munich (1927)
Ambos en 1916, cuando el escritor andaba pensando en cómo librarse del servicio militar.
Indignado, Graf decide autoexiliarse y el 10 de mayo publica en un periódico de Viena su célebre provocación "Verbrennt mich!" (¡Quemadme!) en la que califica la ideología hitleriana como "barbarie nacionalista" y se queja de NO estar en sus listas negras: Vergebens frage ich mich, womit ich diese Schmach verdient habe. Diese Unehre habe ich nicht verdient!(En vano, me pregunto qué he hecho yo para merecer este insulto. ¡Yo no me merezco esta desgracia!) Das dritte Reich hat fast das ganze deutsche Schrifttum von Bedeutung ausgestoßen, hat sich losgesagt von der wirklichen deutschen Dichtung, hat die größte Zahl ihrer wesentlichsten Schriftsteller ins Exil gejagt und das Erscheinen ihrer Werke in Deutschland unmöglich gemacht. (El Tercer Reich ha expulsado a casi toda la literatura alemana de importancia, se ha deshecho de la poesía alemana de verdad, ha conducido a la mayoría de nuestros mejores escritores al exilio e impide la publicación de sus obras en Alemania.) Nach meinem ganzen Leben und nach meinem ganzen Schreiben habe ich das Recht, zu verlangen, daß meine Bücher der reinen Flamme des Scheiterhaufens überantwortet werden und nicht in die blutigen Hände und die verdorbenen Hirne der braunen Mordbanden gelangen! (Después de todo lo que he vivido y escrito, estoy en mi derecho a exigir para mis obras las llamas purificadoras de la hoguera, antes que dejarlas en las manos sangrientas y las mentes corruptas de esta criminal horda caqui.)
Su ataque directo a los nazis consigue su propósito y en 1934 pasa a engrosar la lista negra de escritores alemanes odiados por el régimen. Se autoexilia en Brno (Checoslovaquia) y en 1938 vía Holanda efectúa un viaje trasatlántico y se pone a salvo en New York, donde residirá el resto de su vida, luciendo a menudo sus pintorescos lederhosen por Manhattan. En 1958 le conceden la nacionalidad estadounidense y a partir de ese año regresa a Alemania de vez en cuando para participar en lecturas y conferencias. Por cierto: Oskar Maria Graf merece nuestro más profundo respeto, pero sinceramente, la moda tradicional bávara... no nos entusiasma en demasía. El Museo de la Luna
Oskar Maria Graf en 1960 durante una lectura en Hess para la Radio de Baviera.










Quien disponiendo de medios no haya visto nunca El Tercer Hombre, de Graham Greene y Carol Reed, sepa que a nivel de experiencias culturales eso resulta imperdonable. Tanto es así, que no tenemos ganas de explicar al detalle por qué estamos de acuerdo en considerarla una de las diez, cinco, dos mejores películas de la Historia del Cine. O quizá la mejor. Además da lo mismo, pues la mayoría prefiere ver excrementos post-modernos en 3D antes que cine clásico de primera categoría en blanco y negro. En realidad estas palabras son un homenaje a la ética, más que al séptimo arte. Carece de trascendencia que haya quien no quiera conocer el contexto; eso no es problema nuestro.
Desde lo alto de la noria del ruinoso Prater vienés de posguerra, el sonriente Harry Lime (perverso y narcisista Orson Welles) chupa comprimidos para su acidez estomacal mientras le pregunta al decepcionado Holly Martins (adorable Joseph Cotten), su amigo de infancia, qué haría si le ofrecieran una considerable suma de dinero por cada puntito humano que dejara de moverse allá abajo... Cobarde sin escrúpulos ni conciencia, Lime trafica con penicilina adulterada que mata a enfermos y a mujeres embarazadas y el hospital infantil de Viena está rebosante de niños en coma irreversible por culpa suya y de sus hipócritas compinches. Holly se debate entre el deseo de colaborar con la policía para poner fin a esos crímenes y los sentimientos de lealtad hacia su fraudulento amigo, al que conoce desde hace veinte años. El mayor Calloway y su ayudante el sargento Paine (maravillosos Trevor Howard y Bernard Lee) le llevan entonces al mencionado hospital infantil para que vea en persona a los puntitos humanos de Harry Lime: Niños inocentes cuyo sufrimiento no importa en absoluto a quien se enriquece a costa de sus vidas masacradas. (Un argumento que nunca pasará de moda, por cierto: Ocurre cada día más...)
El caso es que a los bebés desahuciados no se les muestra en los fotogramas; el sabio director muestra solamente la cara de tristeza que se le pone al protagonista cuando les mira. La cítara de Anton Karas contribuye a que una escena muy humilde se transforme en la experiencia ética más duradera e inolvidable para cualquier persona cinéfila de buen corazón. La mejor y más sutil, por encima incluso de la fantasmal aparición del tercer hombre, de la frenética persecución por las cloacas y del legendario plano secuencia final en la carretera del cementerio. El Museo de la Luna







